Mérida
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Gabriel Maldonado
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Desde hace días vengo preguntándome cuándo fue la última vez que estuve en Mérida.
Desde pequeño fui recolectando memorias en Mérida. Tengo bien claras las rutas en mi mente. Sé cómo llegar desde San Cristóbal y también desde Caracas. La diferencia entre las rutas es abrumadora: una por la distancia y la otra por el tipo de vía. Cuando vas a Mérida desde Caracas o desde la zona norte de Venezuela, tienes que irte por Barinas, tomando una carretera que te lleva desde lo más plano hasta los puntos más altos de Venezuela. Pasas por varios pueblos; entre los que más recuerdo están Pueblo Llano y Santo Domingo. Por este camino subes a las espaldas de las montañas, un camino que lleva consigo el frío, uno lleno de neblina y de curvas temerarias.
Es increíble llegar a Mérida desde sus puntos más altos, pasar por la laguna de Mucubají y los picos: lugares llenos de gente cordial y cálida, en contraste con el clima que los rodea.
En cambio, el camino cálido que nos ofrece la ida desde San Cristóbal nos lleva a pasear por el medio de las montañas, haciendo que podamos observarlas con respeto, viendo cómo, desde El Vigía hacia adelante, nos empiezan a arropar. Este camino también asciende; sin embargo, no se siente ni es tan inclinado como el que viene por el lado de Barinas. Nos ofrece ver unos ríos gigantes y largos al lado de la vía y también nos hace pasar por los famosos túneles de Mérida, que siempre me parecieron fascinantes.
Ambas vías siempre se llenaban de grupos de motorizados. Ese es uno de mis recuerdos favoritos y también uno de los motivos que me hacen pensar que sería bueno tener una moto para ir a pasear por las montañas. Cuando iba en el auto con mi familia, escuchando cualquier disco de música quemado por mí, prestaba suma atención a cómo esos grupos recorrían sin temor aquellas curvas a altas velocidades. Siempre quedaba impresionado.
A todo esto, no he sabido cuándo fue la última vez que estuve en Mérida. Me confundo entre todas las Navidades en las que estuve allí y las veces que fui a comer en La Nota, ya fuera en la de Las Américas o en la que se encuentra cerca de Las Heroínas.
Aunque no estoy seguro, puede ser que la última vez que estuve allí fuera en 2015. Fue el único viaje a Mérida que no hice con mi familia: fui con unos amigos a ver La Vida Bohème. El concierto era en un teatro cuyo nombre no recuerdo. Esa noche salí a tomar en algunos bares del centro de la ciudad. Recuerdo que me encontré con uno de mis artistas favoritos de la escena venezolana: José y El Toro. Apenas iba a sacar su primer disco, Retrato, que para mí es uno de los mejores discos de nuestra música.
Pasé un par de noches en Mérida. Fui a Garage Bar y coincidió con que Caseroloops iba a tocar allí. Me recuerdo bastante niño, tal vez inocente. La pasé bastante bien. Mérida de noche es hermosa.
Si no fue esa la última vez, para mí igual lo es.
Y ahora mi pregunta es: ¿cómo será Mérida ahora? ¿Estarán esos mismos bares que visité? ¿Seguirá allí el café que estaba cerca de la residencia donde me hospedé? Si no es así, espero que haya sitios nuevos que tal vez pueda conocer algún día.
Retrato, José y El Toro
Escritor venezolano y autor de dos libros: Un Verano (2020), bajo el seudónimo de Sebastian Clark, y Otoño in October (2023), bajo el seudónimo de Berenice. Como Cronista de Memoria en Caracas Merch, escribe desde la diáspora sobre identidad venezolana, melancolía y memoria colectiva.




