Collage de fotografías y polaroids de archivo sobre Venezuela, de la serie Memorias

2-3, D.

Recuerdo la mayoría de las fiestas que se dieron en el apartamento tres del piso dos de la torre D. También recuerdo la música que sonaba en aquellas reuniones o la que sonaba durante las tardes en las que, a escondidas, fumaba en la ventana.

Dos cornetas de al menos cinco pulgadas: un tamaño más que suficiente para el apartamento. Estaban situadas en la sala, cerca de mi escritorio, una parte sagrada de la casa para mí.

Ahora que lo pienso, qué hermosos eran aquellos días de estudiante universitario; para ese entonces, era estudiante de Derecho. Era irónico estudiar para ser defensor de la justicia en un país donde, día tras día, todos los conceptos relacionados con esa palabra desaparecían.

En ese apartamento hay una ventana gigante que le da luz y vida a la sala. Allí mismo tuve miles de conversaciones, unas interesantes y otras no tanto. Prendía cigarros, tomaba y las cornetas siempre estaban sonando, pues tanto mi escritorio como ellas estaban en diagonal con respecto a aquella ventana.

Bandas como La Vida Bohème, Los Mesoneros, Viniloversus y Rawayana siempre estaban presentes, así como las letras de Canserbero, que abrían mi mente y me hacían pensar en un país mejor.

En aquel apartamento forjé parte de mi identidad, adquirí valores y acumulé historias.

Siento que las residencias son espacios donde se crea cierta familia, y no solo con la gente que vive allí, sino también con la gente que recibimos. Yo, como inquilino del apartamento tres del piso dos de la torre D, creé un espacio lleno de personas que compartían ciertos ideales conmigo y con quienes compartí comidas, música, risas y buenos momentos en general.

También tuvimos que compartir momentos llenos de humo que nos hacía llorar, así como otros atravesados por el ruido de balas cargadas de odio, disparadas para reprimir la libertad.

En aquel apartamento tuve la gloria y la caída.

Esto me hace pensar en todos los hogares que tienen una larga historia y que pueden estar llenos de bailes, canciones y dolores.

El tiempo nos lleva siempre a sitios mejores y, aunque a veces sintamos que nuestros hogares han sido abandonados, esa sensación no es más que una mentira, puesto que el hogar lo llevamos en nuestros pies y en nuestros corazones.

Escrito por

Gabriel Maldonado

Escritor y Editor

Escritor venezolano y autor de dos libros: Un Verano (2020), bajo el seudónimo de Sebastian Clark, y Otoño in October (2023), bajo el seudónimo de Berenice. Como Cronista de Memoria en Caracas Merch, escribe desde la diáspora sobre identidad venezolana, melancolía y memoria colectiva.

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